Para qué discutir

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Existen muchas razones para discutir, la mayoría de ellas muy lejos de la intención de comprender y entender. El poder, el ego, la imposición de una jerarquía, el miedo a perder…

Una idea, una identidad, unos límites que creemos claros, quizá porque ni siquiera los hemos reexaminado ni discutido (con nosotros mismos), pueden convertirnos en intolerantes de ese otro… que, seguramente, esté tan convencido de que su verdad es la única, como lo estamos nosotros mismos.

Nuestro orgullo percibe un desafío y se defiende ante la razón del otro. Aunque quizá podríamos ver una oportunidad, en lugar de una amenaza. Quien no discute ha comprendido que no necesita imponerse, que no hay nada que perder, y sí hay otras cosas que ganar… empezando por la tranquilidad.

En estos momentos en los que existen tantas voces, tanta influencia, tanta opinión y tanta lucha por tener la razón, quizá el verdadero lujo sea saber cuándo no discutir.

El acto de ceder no es rendirse, sino liberarse de la imperiosa necesidad de ganar.

Por: Juan Ignacio Muñoz de la Torre – 14 de noviembre de 2025

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