Niños “hiperregalados”: cuando lo que falta no es el juguete

Niños “hiperregalados”:

cuando lo que falta no es el juguete

En Reyes, en Papá Noel o en mi cumpleaños aparecen demasiadas cosas. Cajas, bolsas, paquetes que se amontonan. Al principio me ilusionan, claro. Luego quiero más. Yo también empiezo a pedir, a desear, a señalar lo que falta. Parece que nunca es suficiente. Pero, aunque no sepa decirlo bien, en el fondo no es eso lo que quiero. No quiero más cosas. Quiero sentir que soy querido del todo, que no hace falta regalarme algo para estar conmigo.

Quiero sentir que lo que digo importa. Que lo que me pasa tiene un lugar. Que alguien me escucha de verdad, sin prisa, sin mirar el reloj o el móvil, sin pensar ya en lo siguiente. A veces hablo y me responden, pero no siempre me escuchan. Y yo noto la diferencia. Porque cuando me escuchan de verdad, no necesito pedir tanto. Cuando me siento importante para alguien, el deseo de tener se calma.

Yo los acepto. Los niños aceptamos casi todo. Pero hay algo que no se compra y que no siempre llega dentro de una caja.

Cuando soy pequeño necesito brazos, palabras, alguien que me escuche aunque no sepa explicarme bien. Cuando crezco, necesito que me miren menos el rendimiento y me escuchen más lo que me pasa. Cuando soy adolescente, necesito que sigan ahí, incluso cuando digo que no los necesito. Las formas cambian, pero la necesidad es la misma: sentir que hay alguien disponible para mí.

A veces me regalan cosas cuando lo que quiero es contar algo. A veces me dan juguetes cuando lo que necesito es que alguien se siente conmigo en el suelo. A veces tengo tantos regalos que no sé ni con quién jugar. No es que el regalo esté mal. El regalo puede ser un gesto de cariño real, un símbolo del vínculo, una forma de decir “he pensado en ti”. Pero cuando el regalo aparece siempre en lugar del encuentro, deja de ser símbolo y se convierte en compensación. Y la compensación nunca calma del todo.

Los adultos van deprisa. Siempre hay algo urgente. El trabajo, la casa, las obligaciones. Y entre todo eso, un objeto pequeño que se enciende y reclama atención. Yo hablo y a veces me escuchan sin escucharme del todo. Me responden rápido, pero no siempre están presentes. No necesito todo el tiempo del mundo. Necesito tiempo de calidad. Un tiempo donde alguien esté conmigo de verdad. Donde no haga falta hacer nada extraordinario. Donde pueda hablar, jugar, callar, enfadarme o aburrirme sin sentir que molesto.

Escuchar no es solo oír palabras. Es estar disponible. Es no adelantarse. Es no distraerse. Es dejar espacio para que lo que me pasa tenga un lugar. Eso es lo que construye el vínculo. Eso es lo que me ayuda a sentirme seguro, querido, reconocido. Cuando ese espacio existe, el regalo suma. Cuando no existe, el regalo intenta tapar un vacío que no se llena. Yo no necesito más cosas.

Necesito que estés. Que me escuches. Que juegues conmigo. Que, aunque el mundo vaya rápido, te detengas un momento conmigo. Porque lo que realmente me regala tranquilidad no es lo que se compra, sino el vínculo que se construye.

Por:  Manuel González Batres- 15 de diciembre de 2025

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