Una vez un niño me preguntó, ¿qué pasa cuando te mueres?… Imagino que no fue fácil para él preguntarlo, que tuvo que armarse de valor, para atravesar uno de los tabúes por excelencia en nuestra sociedad. La angustia debía de ser terrible, para atreverse a romper, con su pregunta, esas barreras sociales que ya tenía perfectamente interiorizadas. Quiero suponer que, el apoyo en el vínculo terapéutico, como una base segura desde la que explorar esos temas tan vitales como difíciles, le animó también a nombrar lo que probablemente nunca antes había nombrado. Esa idea silenciosa que le atormentaba, que se transformaba en síntomas especialmente por las noches, se exteriorizaba por primera vez, con toda rotundidad.
Así que, le respondí la verdad: “no lo sé”, le dije serenamente. Él me miró un instante, sin inmutarse, y siguió con otras cosas, en sintónica tranquilidad.
Supongo que lo que vio, en ese otro adulto, referencia para él en ese momento, es que no parecía preocupado, que no parecía importarle no tener una respuesta. Creo que en su mente se abrió paso la idea de que, quizá no hace falta saberlo todo, para estar tranquilo.
Por: Juan Ignacio Muñoz de la Torre – 11 de junio de 2026