Del mundial de fútbol al diván
Cada cuatro años sucede algo extraordinario. Millones de personas interrumpen sus rutinas, cambian sus horarios, se reúnen con familiares y amigos y experimentan emociones intensas ante un acontecimiento deportivo que, en apariencia, no modifica directamente sus vidas. Sin embargo, una victoria puede generar euforia colectiva y una derrota puede provocar tristeza, enfado e incluso un sentimiento de pérdida difícil de explicar racionalmente.
¿Qué ocurre psicológicamente durante un Mundial de fútbol? ¿Por qué un partido puede sentirse como algo profundamente personal? Desde una perspectiva psicoanalítica, el Mundial es mucho más que una competición deportiva: constituye un escenario privilegiado donde se activan procesos inconscientes de identidad, pertenencia, proyección e idealización.
Freud ya señalaba en su obra “Psicología de las masas y análisis del yo” que los seres humanos poseemos una profunda necesidad de pertenecer a grupos con los que identificarnos. La masa ofrece una experiencia emocional particular: el individuo se siente parte de algo mayor que él mismo, disminuye la sensación de soledad y se refuerza la percepción de identidad.
Durante el Mundial, la selección nacional se convierte en un potente objeto de identificación. El éxito de los jugadores se experimenta como un éxito propio y la derrota, como una herida narcisista compartida.
Élisabeth Roudinesco señala que la identidad es una elaboración que se construye en relación con los otros y con los grupos de pertenencia. A veces lo que falla es la realización de la propia identidad personal, diluyéndose en el grupo. El peligro estaría en considerar superior al propio por encima de otros grupos a los que se ve como diferentes.
Muchas personas sienten que forman parte de un relato común. La identidad nacional se convierte en una especie de «yo ampliado» en el que cada individuo deposita parte de sus anhelos, frustraciones y deseos de reconocimiento.
Desde la psicología analítica de Carl Gustav Jung, los grandes deportistas pueden entenderse como encarnaciones del arquetipo del Héroe. Las historias de superación, caída y redención que aparecen en cada Mundial movilizan emociones profundas porque conectan con estructuras simbólicas universales presentes en el inconsciente colectivo.
Proyectamos en los “ídolos” nuestros modelos de perfección, éxito y aspiraciones. Los deportistas famosos suelen ocupar precisamente este lugar.
No admiramos únicamente sus habilidades técnicas; admiramos la fantasía de realización personal que proyectamos sobre ellos. Cuando un jugador levanta un trofeo, una parte de nosotros siente simbólicamente que también ha triunfado.
El Mundial también funciona como un espacio de descarga emocional colectiva. Durante un partido decisivo se permite socialmente gritar, llorar, abrazarse con desconocidos o expresar una alegría desbordante. La experiencia grupal legitima la expresión emocional y genera un sentimiento de comunión psicológicamente reparador.
Detrás de cada bandera, de cada celebración y de cada derrota se encuentran procesos profundamente humanos de construcción de identidad, identificación con los ideales y búsqueda de significado. El Mundial no moviliza únicamente nuestra pasión por el deporte; moviliza nuestro deseo de pertenecer, de reconocernos en otros y de participar en una historia colectiva que nos haga sentir parte de algo más grande que nosotros mismos.
Como conclusión, nuestra idea sería la de disfrutar durante unas semanas de esta fiesta mundial, sin que ello nuble nuestra necesidad de desarrollo individual, el respeto a los demás y el vivirlo como un juego, no una guerra.
Por: Manuel González Batres – 18 de junio de 2026
