Ansiedad en el deporte:
cuando el león no está delante
En el deporte se habla mucho de la ansiedad como si fuera el enemigo. “Me pongo nervioso”, “me bloqueo”, “me juega malas pasadas”. Pero ¿y si la ansiedad no fuera el problema? Imaginemos una escena sencilla. Vas caminando tranquilo por el campo y, de repente, aparece un león corriendo hacia ti. En ese instante, el corazón se acelera, la respiración cambia, los músculos se tensan y la atención se agudiza. No decides que eso ocurra: el cuerpo reacciona solo. Eso es miedo. Y es adaptativo. Sin ese sistema, no sobreviviríamos. En el deporte el león no está delante. Y, sin embargo, el cuerpo activa el mismo mecanismo antes de competir. Ahí es donde aparece la ansiedad.
Miedo y ansiedad: misma base, distinto contexto
La diferencia es sencilla: el miedo surge ante un peligro real y presente; la ansiedad aparece cuando anticipamos algo importante. El sistema biológico es el mismo, pero en la ansiedad el “león” no está delante, sino en la anticipación. Por eso, antes de competir, muchos deportistas experimentan aumento del pulso, tensión muscular, pensamientos acelerados o sensación de alerta. El problema no es que el motor se encienda. El problema es cuando se revoluciona en exceso y perdemos el control. No se trata de eliminar la ansiedad, sino de regularla. No hace falta estar tranquilo para competir bien. Hace falta saber competir estando nervioso.
Herramientas para gestionar la activación
1. Regulación fisiológica. La respiración con exhalaciones más largas que la inhalación (por ejemplo, 4 segundos inhalar y 6 exhalar) ayuda a bajar un punto la activación. No busca que nos relajemos del todo, sino recuperar margen de control.
2. Rituales y anclajes. Muchos deportistas utilizan rutinas antes de competir. No son supersticiones, sino anclajes atencionales: pequeños gestos repetidos que envían un mensaje claro al sistema nervioso: “Ahora toca competir”. El ritual no controla el resultado, controla el foco.
3. Visualización de la ejecución. Visualizar no es imaginar que ganamos. Es ensayar mentalmente cómo ejecutamos. Imaginar la salida, el ritmo, la técnica, incluso el momento en que aparece el cansancio. Cuanto más específica es la imagen, más útil resulta. La visualización es una forma de entrenamiento complementario, especialmente valiosa cuando no se puede entrenar físicamente.
La otra cara: frustración y autoexigencia
En el deporte no solo gestionamos nervios, también frustraciones: cuando no se puede entrenar, cuando el resultado no acompaña o cuando el rendimiento no coincide con las expectativas. La frustración suele aparecer cuando perdemos sensación de control. Sin embargo, no todo lo que no controlamos es una pérdida. Descansar también es avanzar. Ajustar
también es entrenar. Trabajar la parte mental también suma. Uno de los mayores riesgos es el automachaque. Muchos deportistas no sufren tanto por el error como por lo que se dicen después: “No sirvo”, “Siempre la lío”, “Soy un desastre.”
Aquí conviene introducir un cambio sencillo pero potente: un error no es un juicio sobre ti, es información. No es lo mismo decir: “Soy malo saliendo” que “En los primeros minutos me acelero y pierdo coordinación”. El segundo enfoque es técnico y entrenable. El primero es identitario y bloquea. Cuando el error habla de quién eres, paraliza. Cuando describe qué ocurrió, orienta el entrenamiento.
Habrá días con nervios intensos. Días con lluvia. Días en los que el resultado no acompaña. No podemos controlar todo, pero sí podemos entrenar cómo respondemos. La ansiedad no es el enemigo, sino un sistema potente que necesita dirección. La diferencia entre bloquearse y rendir no suele estar en la ausencia de nervios, sino en la capacidad de gestionarlos. Y eso, como la técnica o la resistencia, también se entrena.
Por: Mariló Parra Carballo – 16 de febrero de 2026
