Todo lo bueno, para después
Hay una pequeña costumbre humana que resulta bastante curiosa: guardar lo bueno para después. No sé exactamente cuándo aprendimos a hacerlo. Quizá de pequeños alguien nos dijo que había que reservar las cosas especiales para una ocasión especial. Quizá confundimos prudencia con disfrute aplazado. O quizá hay algo, muy del inconsciente, que nos hace pensar que disfrutar demasiado pronto es una especie de exceso que conviene controlar.
El caso es que lo hacemos constantemente. Si vamos a comer algo que nos gusta y algo que no, muchas veces empezamos por lo que menos nos apetece. Dejamos el bocado bueno para el final. Como si hubiera que atravesar primero una pequeña penitencia antes de concedernos el premio.
Y cuando compramos algo nuevo, aparece otra versión de la misma historia. Un jersey que nos encanta: «Me lo guardaré para una ocasión especial». Un perfume: «Lo estreno cuando tenga algún plan». Una vajilla bonita: «Esta es para cuando venga gente». Una libreta preciosa: «Me da pena usarla para cualquier cosa». Y las joyas… Las joyas merecen un capítulo aparte. Las que más nos gustan, las que tienen algún valor sentimental o las que nos han costado un poco más de dinero, suelen acabar escondidas en una caja. Nos las ponemos poco porque tenemos miedo de perderlas, romperlas o estropearlas. Así que las guardamos cuidadosamente para protegerlas.
Y un día abrimos el cajón y descubrimos que llevamos años protegiendo algo que compramos precisamente para disfrutarlo. Guardamos tanto algunas cosas para que no se estropeen que terminamos sin usarlas nunca. Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿de qué las estábamos protegiendo? El momento oportuno que nunca llega.
Hace unos días estuve en casa de mis padres porque están remodelando la casa. Entre cajas, muebles que se mueven de sitio y objetos que llevaban años sin tocarse, tocó vaciar mi habitación de cuando era niña. Y allí apareció una caja. Era preciosa. Estaba llena de pegatinas que, de pequeña, eran mis favoritas. Me encantaban. Y las había guardado. No las había usado. Las había guardado esperando el momento oportuno. Lo verdaderamente curioso es que, al tener la caja delante, pensé: ¿cuándo iba a llegar ese momento? La respuesta era bastante sencilla: nunca.
Con 31 años, aquellas pegatinas llevaban más de media vida guardadas. Habían sobrevivido a mudanzas, limpiezas, cambios de habitación y al paso de los años. Habían estado perfectamente protegidas de cualquier posibilidad de ser utilizadas. Y precisamente por eso, no habían servido para nada.
Es una imagen bastante bonita, aunque también un poco triste, de lo que hacemos a veces con nosotros mismos: conservamos intactas ciertas cosas a costa de no vivirlas. Como si el presente, por sí solo, no fuera un motivo suficiente. Quizá también haya algo de miedo. Porque usar algo implica aceptar que puede gastarse. Ponerse una joya significa que puede perderse. Estrenar una prenda significa que dejará de ser nueva. Abrir una botella significa que algún día se acabará. Y entonces aparece una fantasía bastante humana: si no lo uso, no lo pierdo.
El problema es que hay una trampa ahí, porque tampoco lo disfruto.
Y mientras nosotros esperamos el momento perfecto para estrenar las cosas, el tiempo hace lo que siempre hace: pasa. Hay algo paradójico en nuestra obsesión por conservar. Guardamos las cosas para el futuro, pero el futuro, cuando llega, se convierte inmediatamente en presente. Y entonces volvemos a guardar algo para otro futuro. Así podemos pasar años esperando una ocasión que nunca consideramos suficientemente especial. Hasta que un día abrimos un cajón y encontramos algo que compramos hace diez años. O una caja que guardamos hace veinte. O una joya que apenas hemos llevado cuatro veces. Y pensamos: «Qué pena no haberlo usado más».
Quizá la pregunta no sea «¿Cuándo será el momento adecuado?», sino «¿Por qué este momento no puede ser suficiente?» Porque probablemente no necesitamos esperar a que ocurra algo extraordinario para permitirnos disfrutar de lo cotidiano. A veces la vida no necesita una ocasión especial. A veces basta con que sea martes. Porque después no siempre llega. Y mientras tanto, la vida sí.
Por: Laura González Batres – 7 de octubre de 2026
