¿Me preocupo demasiado?

¿Me preocupo demasiado?

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¿No os ha pasado alguna vez que queriendo tomar el control nos damos cuenta de los factores que no dependen de uno mismo? ¿Son fruto del azar, quizá del destino? ¿Qué es “uno mismo”? ¿quién soy yo? ¿”Yo soy yo y mis circunstancias”? Según Ortega, sí.
 
Por un lado “el yo”, con sus necesidades, deseos, fantasías, elementos conscientes e inconscientes… Un yo que trata de abrirse paso hacia una identidad, una definición propia que le distinga de otros “yoes”, le dé constancia y reconocimiento. Por otro lado, las circunstancias, como actualización del inconsciente, elementos exteriores y reales dejan ver el trasfondo de esa parte del “yo”.
 
Para atisbar los contenidos del “yo” y llegar a una definición en alguien concreto no sólo es necesario conocer lo que cuente, lo que sueñe, lo que desea en el fondo, más allá de la hipocresía social, sino que también hay que saber de las circunstancia que lo rodean, su trayectoria vital como diría Adler, el modo en que se exprese, incluso el modo en que se ríe. Dostoievski, al respecto decía “si quieren ustedes estudiar a un hombre y conocer su alma, no presten atención a la forma que tenga de callarse, de hablar, de llorar, o a la forma en que se conmueva por las más nobles ideas. Miradlo más bien cuando ríe”. 
 
En realidad, pensamos que las manifestaciones del tipo que sea que rodean a uno mismo son importantes. Todas hablan del se humano en general y de cada uno en particular. Es el estudio de éstas el que conduce al conocimiento. Intentamos hacer ciencia del conocimiento del funcionamiento de la psique y nos quedamos en penumbras cuando salimos del estrecho margen de lo consciente. 
 
Se intenta predecir el comportamiento como se predice la trayectoria de un móvil, de acuerdo a determinadas variables. Cuanto más sabemos de las que pueden entrar en la ecuación más fácil, supuestamente, sería anticipar la conducta humana. Matemáticamente se intentan expresiones que predigan el comportamiento en tal o cual ámbito. Tenemos rectas de regresión que nos hablan del rendimiento académico teniendo en cuenta el cociente intelectual, características de personalidad, hábito de estudio. En el campo de la empresa, se selecciona al candidato de acuerdo a un determinado perfil para un rendimiento adecuado al puesto. En el área del deporte se observa la evolución de un atleta de acuerdo a una gama de factores relativos al entrenamiento, la alimentación, el tipo de vida. Y podríamos seguir citando muchos y diversos ámbitos de estudio. 
 
Ahora bien, estos estudios reflejan una realidad estadística, no individual y, por tanto, para un único caso, el mío, el suyo, sin ir más lejos, nadie nos puede garantizar que sacaremos un 8 en un examen de acuerdo a nuestro cociente intelectual, a nuestras horas de estudio y nuestra higiene de vida… ¿Y si al ir al examen pincho el coche y no llego a tiempo? ¿Y si, justamente, “por mala suerte” cae el único tema que no he estudiado? O incluso mejor: ¿Y si cae el que mejor me sé y saco un 10 y no un 8 como se predecía en la ecuación?
 
El 10 y no el 8, que caiga “por mala suerte” lo que no he estudiado, que se pinche el coche y no llegue al examen… Significan algo. Son vivencias que tienen la complexión de un símbolo. Son, en sí mismos, con la estructura de un cuento, de un sueño, de un fragmento de realidad con principio, nudo y desenlace, aconteceres que nos indican una dirección, un camino a seguir, a evitar, a modificar. Es el “destino”, como actualización de lo inconsciente, como lo definió Jung (“lo inconsciente”, tanto al inconsciente individual como al colectivo). Por tanto, es de vital importancia detenerse a observar los aconteceres desde la óptica del proceso de actualización de lo inconsciente.  
 
Nada ocurre por casualidad. Todo conduce al aprendizaje, forma parte de la aventura de la vida. Lo que negativo puede resultar hoy, quizá con el tiempo es lo mejor que nos puede haber pasado. ¿Por qué preocuparse entonces? Nada de agobios, las circunstancias nos ayudan. Son nuestras aliadas para mostrarnos las manera de situarnos en nuestro entorno. Como si de un espejo se trataran, nos devuelven el rostro que presentamos. Ahí vemos lo que tiene que maquillar, cambiar o transformar. Si lo de fuera es en proyección de lo de dentro, cambiando uno mismo cambiará todo lo demás. 
 
 

Por: Manuel González Batres – 12 de diciembre de 2019

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